Alimentos que Curan: Tres cremas que te curan de casi todo

La magia de ingredientes saludables, sencillos de cocinar, muy baratos, rendidores, y con una maravillosa capacidad de curar y de hacerte sentir bien.

Descubrí lo rico de preparar y consumir cremas cuando tenía que confeccionarle las meriendas a mi bebé de alrededor de un año. Pero fue recién al volverme casi totalmente vegana cuando empecé a incorporarlas al régimen alimentario de la por lo menos dos veces por semana.

 

1. Eficiencia en el hogar

Una de las ventajas que más pueden atraer a una persona sin mucho tiempo para cocinar, pero que tiene que hacerlo, es que preparar una crema es la cosa más sencilla del mundo. Lavas, pelas si es necesario, cortas, hierves, licuas, sirves. O, como yo hago en el caso de las papas, lavo (con una esponja exclusiva para las papas, sin jabón, solo para removerles la tierra), corto, hiervo, licuo, sirvo.

Además, la manufactura de una crema es tan sencilla que puedes emplear un poquito de tiempo extra para lucirte: podrías poner unas velas en la mesa, una flor en un vaso, adornar el centro del plato de crema con queso de cabra (por eso no soy totalmente vegana), un germinado de cebolla y un par de hojas de albahaca, por ejemplo. Acompañas con una cerveza artesanal, o un té verde. Una propuesta así no solo forma parte de tu ser eficiente, sino que quedas super bien: con tus invitados, contigo misma.

 

2. Magnitud energética

Durante unos años fui crudivegana, no por propia voluntad. Yo era un pacman. Por un lado, pensaba que, honestamente, mi alimentación era saludable. Por el otro, como performer aérea y facilitadora de clases de telas aéreas, mi frase era, a mayor número de calorías, mayor aceleración del metabolismo. Sí, estaba en lo cierto en esto último. Cuando alguien tiene un gasto sustancial energético, necesita atiborrarse de calorías. Pero mi problema, como el de gran parte de la humanidad, no era la cantidad, sino el tipo de calorías que consumía. Aún tomaba leche de tarro pensando que la caseína -la proteína de la leche, la más compleja en la naturaleza- era lo más importante y que la forma en la que venía la leche no tenía ninguna importancia. No comía verduras, consumía cantidades casi industriales de arroz blanco, entre ocho y dieciséis panes, chocolates hechos con poco cacao y mucha grasa trans, entre otras cosas, no de vez en cuando; a diario. Ya cercana a los cuarenta años, y habiendo bajado mi consumo de panes diarios a solo uno, mi cuerpo sufrió cambios. Me contracturaba muy seguido. A insistencia de una alumna, me fui a ver con una trofóloga, una especialista en combinación de alimentos para restablecer la salud, quien se rio de mi dieta y se preguntó cómo alguien podía vivir digiriendo todo eso. El peso no era el problema. La procesión iba por dentro.

 

3. La importancia de los vegetales cocidos

Con mucho escepticismo, pero con una voluntad científica, más que nada, me entregué al régimen alimentario que era un setenta por ciento crudivegano. Debo admitir que me cambió la vida. La fisioterapia es fundamental para un deportista, pero yo estaba exagerando. Antes de volverme crudivegana iba unas tres veces por semana a que me trataran. No podía ir más porque mi mismo ritmo de entrenamiento no se podía permitir tanta intervención en mis músculos y tendones. Así que el cambio me salvó el cuerpo y el bolsillo. Paralelamente, mi salud mejoró muchísimo. Mis gripes se hicieron resfríos y retrocedieron en número, y no sé si haya tenido algo que ver, pero me sentía más tranquila. Sin embargo, con el tiempo, en especial durante los inviernos, me costaba sostener la ingesta diaria de verduras crudas (de siete tipos, al menos). No me costaba mantener la dieta por ansiedad, sino que mi cuerpo se resistía. No lograba comprender esa resistencia hasta que me hice ver con una doctora ayurvédica quien me explicó la importancia del manejo de la temperatura de los alimentos para el fortalecimiento y equilibrio del flujo en nuestros canales energéticos. No sé si me hizo mucho sentido en ese momento, pero a mi cuerpo le encantó empezar a consumir vegetales cocidos. Ahora la cantidad de comida cruda que como al día puede variar entre un treinta a cuarenta por ciento, y siento que es la cantidad que a mí me viene bien.

Entonces, en esa búsqueda, retomé la incorporación de cremas como parte fundamental de mis almuerzos.

 

Crema de Mashua Negra

 

La mashua negra se ha convertido en el alimento maravilla: se la acusa de poseer cantidades astronómicas de antioxidantes, vitaminas y proteínas. Es tal su resistencia a los patógenos externos, que puede perfectamente pasar un tiempo considerable junto a alimentos atacados por hongos o bacterias sin contaminarse (comprobado en mi propia cocina). Es responsable de la regeneración de la producción del colágeno endógeno (que el propio cuerpo produce), lo que fomenta la recuperación rápida de lesiones y cirugías, rejuveneciendo todo tipo de tejidos. Las antocianinas, esa sustancia que le da el color del maíz morado, son agentes que estimulan la alcalinización sanguínea, y, por consiguiente, retroceden los accesos cancerígenos, mejoran tu resistencia histamínica y tu propensión a enfermarte.

Preparación: lava la tierra de los tubérculos, y mételos directamente a la olla. Pueden hervir entre cinco y ocho minutos (mientras menos tiempo pasen al calor, mejor). Los retiras del fuego, y los licuas. Mi recomendación es servirla sola, es decir, sin nada dentro de la crema, acompañada por un plato de maíz cocido, brócoli, palta y tomates, aderezados con un poquito de aceite de sacha inchi (hola Omega 3), sal rosada o marina y limón. Más saludable que esto, imposible.

[nota del editor] La mashua negra, es un tubérculo andino peruano que crece en pisos altitudinales superiores y cuyo cultivo no requiere el uso de pesticidas, o fertilizantes. Este alimento es capaz de repeler parásitos y/o insectos, además de soportar crecer en las heladas. Es muy parecido a la papa y la oca y aporta con grandes propiedades farmacéuticas y curativas al cuerpo humano. «La mashua negra se puede conseguir en ferias ecológicas y suele ser consumida cocida o soasada, en purés, fritos, sopas e, incluso, en postres, gracias a su agradable sabor similar al de la chicha morada.» según lo informado en el artículo «La mashua negra y sus propiedades anticancerígenas» por Peru.info

 

Crema de lentejas

Muchas de nosotras no habíamos imaginado hacer una crema de legumbres. Puedes hacer cremas de, me parece, todos los tipos de legumbres. Contiene vitamina B6, ácidos grasos poliinsaturados, magnesio, fibra, y una larga lista de propiedades benéficas para la salud. Es tan deliciosa, que es el plato más controversial de la tradición bíblica: Esaú le vende su primogenitura a Jacob, su hermano menor, por un plato de sopa de lentejas. Cuando te lleves la primera cucharada de esta crema a la boca, comprenderás por qué.

Preparación: dejas remojando las lentejas toda la noche, puede ser dentro o fuera de la refrigeradora, de preferencia con agua reposada y filtrada. Cocinar con agua filtrada vale para todas las cremas. Antes de llevar al fuego las lentejas (o cualquier legumbre), les cambias de agua. Aquí puedes revertir el proceso de hervir primero y licuar después. Queda con otra textura, posiblemente incluso más espesa, hacer antes una horchata de lentejas, es decir, como una leche licuada de la lenteja cruda. Dependiendo de la consistencia que busques, puedes colarla, y esa leche la pones a calentar hasta que espese un poco. Yo no la cuelo, por ejemplo, pero a mucha gente le parece más agradable que esté suave y libre de grumitos. Al licuarla, le puedes añadir o un diente de ajo crudo o un pedacito de jengibre. Si decides hacer la crema de la manera usual, primero hervir, luego licuar, puedes hervirla con hongos secos porcini o chilenos (los de hongos y laurel, Boletus luteus). Al servirla, queda muy bien adornarla con otro super alimento que es el germinado de alfalfa y unas gotas de limón, lo que le permite a los nutrientes, tanto de la lenteja como del germinado, fijarse mucho más fácilmente en el organismo y enriquecer la hemoglobina.

 

La infaltable crema de papa

 

La amo. Pelada pierde hierro, así que siempre que la cocino mantengo la cáscara. La uso también para espesar otras cremas, por ahí una crema de betarraga o de espárragos o de brócoli. Es rica en vitamina C, vitamina B6 y una molécula compleja muy importante: el almidón. Por su composición, el almidón es difícil de digerir crudo para el humano.

La papa, cuyo principal componente es el agua (cerca al 72%), ha sido por generaciones, quizá por milenios, el alimento principal de los habitantes andinos.

Varios de los principales platos peruanos más conocidos contienen papa, como el lomo saltado, la papa a la huancaína, la causa, el ají de gallina, y todos podemos decir que son de nuestros favoritos. Casi no hay sopa ni guiso en el Perú que no contengan papa. Es probable que, si se comiese cruda, mi madre le hubiese añadido papa al jugo del desayuno.

Preparaciones posibles:

Una manera de comer la crema de papa es sola. Nunca será lo mismo pues tienes muchas variedades de papas, en especial si vives en el Perú. Nada más con sal, ya es estupenda.

Pero te doy otras ideas:

  • Puedes añadir unas hojas de espinaca, berros y albahaca en el último hervor de las papas y después de licuar con sal y un diente de ajo, sirves con queso parmesano, o bien con limón.
  • Otra posibilidad es hacer crema de papa y cebolla. Genial cuando hay alguien enfermo del tracto respiratorio.
  • Finalmente, un combinado de papas con zanahoria y betarraga, puede alegrar e incluso aliviar tu día, a la vez que es buenísimo para recuperarte de condiciones circulatorias y del tracto digestivo.

Espero disfrutes de los tan cortos como deliciosos procesos de preparación de estas cremas, y que te inspires a preparar muchas más con tus ingredientes locales favoritos. Recuerda además de apoyar con tu compra a los pequeños productores de alimentos orgánicos. Tu salud y el planeta estarán muy bien con esa acción.

¡Buen provecho!

Ursula Carranza

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