La Conexión Contemporánea

Una visión del flash marriage, la completitud de realizar voluntariado, y de cómo encontré mi versión más pura y exquisita.

 

La contemporaneidad les está dando la razón a los pensadores orientales más antiguos, desde los vedas hasta Aristóteles, en una articulación que hoy podemos sostener: lo importante es un equilibrio entre mi desarrollo espiritual (el de mi familia incluido) y mi acción ciudadana hacia mi comunidad y el planeta.

 

El vacío de la raíz

Conexión es un concepto que nunca antes se usó tanto. Una de las ventajas de la contemporaneidad es que ahora estamos conectadas con el resto del mundo. Una de las desventajas, sin embargo, es que casi todas vivimos desconectadas de nuestras raíces, del Planeta, de nosotras mismas.

 

 

Creo que quienes nacimos entre los años 70 y 80 hemos estado en una búsqueda de un espacio en donde sentirnos cómodas. En gran medida fuimos encontrando rock and roll, activismo político, y racionalidad instrumental; es decir, aquella mentalidad que valora y propone como principal objetivo la eficiencia en la producción para un mejor sostenimiento y expansión económica tanto en una empresa como en un Estado. En un gesto absolutamente lógico, hemos llevado la razón instrumental al centro de nuestros hogares al forjar relaciones interpersonales basadas en objetivos económicos.

 

 

La era del flash marriage

La modernidad también nos trajo la masificación de los divorcios. Deben ser pocos los lugares en el mundo en donde aún no existe la separación legal. Las ventajas de esa posibilidad son innegables. Quizá la mayor parte de matrimonios contemporáneos fracasan un motivo muy común: en nuestras culturas de sabor occidentalizado hemos encontrado el gusto por una pareja que responda con solidez al sustento de un núcleo familiar.

¿Cuál es la novedad frente a todos los siglos previos? Pues, antes, si uno deseaba separarse (si es que se le ocurría, porque donde no se conoce la opción, no se la piensa) era porque había algún tipo de violencia de por medio, o porque alguna de las partes se había enamorado de alguien más. Ahora los problemas más diversos son motivo de divorcios al paso.

¿Quién de nosotras no conoce a alguien cuyo matrimonio no duró un año?

¿Quién de nosotras no sabe alguna historia de gente cuyo matrimonio no llegó ni a la semana?

Quizá nos estamos enlazando con gente por las razones equivocadas con prenups de por medio. La diferencia entre las relaciones tradicionales que incluso se formaban con arreglos familiares previos, es que, como ser humano, tenías como sentido de tu vida el continuar con el legado familiar y humano formando, a tu vez, un núcleo familiar en donde todos los componentes se ayudasen mutuamente. 

Las leyes consuetudinarias y los saberes centenarios sobre el funcionamiento del hogar y los deberes, e incluso derechos de cada quien, tenían lugar luego de una rigurosa escuela heurística que consistía en aprender con el ejemplo y con lecciones directas: esto se hace de esta forma, y funciona así para tal y tal efecto.

 

 

Y, después de la razón instrumental, ¿qué?

Para la gran mayoría de hispanos, ese espacio se ha evaporado. No quiere decir que esté mal el cuestionamiento. Está perfecto, pero al hacer ese salto al vacío nos hemos arriesgado a ser levantadas por el viento o a estrellarnos contra las rocas. En mi opinión, partes de nosotras vuelan y partes de nosotras siguen golpeándose. Es el resumen de la contemporaneidad.

Es el precio de entrar en lo desconocido, era lo que teníamos que hacer. No había salida. No hay culpa.

¿Qué podemos aprender de esta experiencia de la modernidad? El desarraigo, producto del olvido de nuestras costumbres ancestrales, comenzó con la invasión española y llegó a su cúspide con la proliferación de la cultura televisiva. La televisión y la razón instrumental nos trajeron nuevas ideas, muchas de ellas, cambios positivos, como la iluminación en términos de igualdad de derechos para todos los géneros, para todas las razas y condiciones sociales, así como la importancia del cuidado al propio cuerpo, al intelecto y al medio ambiente. Pero, viviendo en las condiciones democráticas que no se pueden dejar de agradecer, también hay esa información, o más bien desinformación, encarnada en programas de entretenimiento y comerciales que difunden ideas que van en contra de nuestra preservación, y que responden a ese objetivo de eficiencia sobre valor humano; mayor productividad y ganancia frente a educación, arte y sensibilidad.

A quien honestamente le gusta el dinero, genial. Si toda la vida quisiste trabajar en un banco porque es lo que te apasiona, y lo estás haciendo, no hay duda de que estás en lo correcto. No se trata, nunca se trató, de ver los bienes materiales ni la actividad empresarial como algo negativo. Es solo que la occidentalización ha enganchado naturalmente con ese modo de vida y al sistema empresarial mundial le conviene por su propia infraestructura que todos estemos insertados en sus engranajes para su sostenimiento. Es lógica sencilla. Hemos encajado nuestras vidas en un modelo de expectativas que abarcan no solo cómo debemos ser como personas (como mujeres, por ejemplo) sino también en qué debemos esperar como individuos en términos exclusivamente materiales. No está mal tener o buscar tener. Lo que está mal es que eso se convierta en lo más importante y en el eje de nuestra autovaloración; pues como seres humanos somos varias dimensiones a la vez, y la materialidad es solo una de ellas. Si eres una persona religiosa o espiritual, además concordarás conmigo en una lógica de que la sumatoria de acciones que debo realizar en mi vida debería estar más a favor de mi crecimiento espiritual que de mi vida material, sin negar esta última. Solo inclinar la balanza más hacia lo que es, para mí, en verdad duradero.

 

Encuentro con mi valor

Entonces, ¿cuál es el punto medio en el que debo estar? ¿Cómo resetearme? En la era de la hiper información, muchos falsos gurús prometen darte las respuestas con su propio y novedoso método que seguramente es una revisión de algún texto sagrado. Lo he visto en todos los casos. Creo que es bastante fácil dar un primer paso. Éste consiste en identificar esos signos contemporáneos que podrían ser problemáticos en el manejo tanto de mi vida privada como de mis expectativas en torno a mi vida en sociedad. Lo que acabo de decir, esa diferenciación entre lo que soy y lo que no soy, es una variación de mira el tronco en el propio ojo. Por ejemplo, y no puedo dejar de poner énfasis en este punto, ¿qué tanto esperas que tu imagen física se acomode a esa imagen que supuestamente deberías tener para valer más? Esa imagen podría ser, digamos, mujer blanca, joven, flaca, y atributos que la cultura televisiva ha difundido como de belleza (ojos grandes, nariz pequeña, dientes de blanco artificial, nada de arrugas, etcétera). ¿Qué tanto de tu tiempo y tu dinero empleas para encajar en esa imagen? ¿Qué tan difícil te es como para que te estreses si subes unos gramos o si jamás los bajas? Y, ¿por qué querrías encajar en esa imagen? Michael Jackson, Cher, así como un sinnúmero de personalidades provenientes de la gran máquina de generar imagen han cincelado la suya propia hasta el punto de la destrucción.

Queremos que nos amen.

Pensamos, porque nos han convencido, que tenemos que vernos de una cierta manera, llegar a tener o mantener determinado estatus porque, si no, no valemos. Hay culturas que son más fuertes con sus estándares culturales de belleza o de valoración y no se dejan vender fácilmente esos estereotipos. Pero, las hispanas y las asiáticas hemos incorporado mucho de esas expectativas en diferentes medidas a nuestras vidas, hemos añadido una cuota de desenfoque de lo que una misma querría o debería esperar de sí misma. Una manera de salir de ese enfoque es ver qué es lo que yo misma valoro de quienes amo. ¿He dejado de tener amigas porque se ven viejas? Si la cuestión es que estoy odiando mi proceso natural de envejecimiento, ésa sí es una novedad occidental. Creo que mantener alguna rutina corta diaria, por ejemplo, es perfecto. De diez a cuarenta minutos dedicados al cuidado de la imagen personal son un ritual necesario, no solo de belleza sino de autovaloración. Pero si el tema del envejecimiento me causa ansiedad y todo el día pienso en eso, estoy haciendo un uso muy ineficiente de mi tiempo en términos espirituales, incluso en términos materiales pues estoy enfocando energía en un tema en el cual jamás voy a ganar. No se le puede dar la vuelta a la naturaleza. Hay que encontrar la sabiduría en ella, no vivir según las opiniones de cerebros dormidos que, sucede, tienen el poder de los medios de comunicación.

 

 

 

 

La restauración de mi entorno como conexión

Todo aquello a lo que hoy tenemos acceso constituye una ventaja. Que esa materialidad ocupe el 70% de nuestros objetivos y nuestra mente, sí representa un problema porque una no termina de conocerse, de poner tiempo en lo que lleva en las venas, quizá tampoco tenga tiempo de contribuir en forma importante con su comunidad; no solo con labores de orden de conservación ambiental (reciclaje; gestación de biohuertos, etcétera) sino quizá aún en labores de voluntariado; en ayudar a otros a ayudarse a sí mismos.

 

 

Nuestro ser brillante, no podemos pensar ya de otra manera

La principal vía de conexión que tenemos que re-atraer es la conexión con nosotras mismas. Creo que el tiempo que me dedico debe ser una simbiosis de actividades entre mi sostenibilidad material, y mi ámbito espiritual, emocional o anímico. Crecer implica conocer aquellas cosas en las que estoy mal, aquellos pensamientos y reacciones que me mantienen anclada al pasado, al pesimismo, a la crítica a otros. Tornar la mirada hacia adentro, empezar la búsqueda de la causa de por qué digo, pienso o espero cada cosa que digo, pienso o espero, no es una pérdida de tiempo. El principio es la pregunta por qué no quiero hacer y sacarlo de la vida, así como es evidente sacar la basura y lo innecesario del hogar. Esa primera pregunta fue el principio de una cadena de preguntas en un proceso continuo de auto conocimiento y crecimiento desde adentro en el que espero estar toda la vida. Sólo mediante la eliminación de lo innecesario se puede empezar a respirar mejor y a ver el panorama antes opacado por el pasado.

La búsqueda del yo ya se ha separado necesariamente del encuentro de nuestras raíces, que ahora son muy difíciles de rastrear por cuanto las costumbres de nuestros antepasados se han borrado como huellas en la arena. La búsqueda del yo constituye una investigación de qué cosa hago que me ha sido impuesto coercitivamente por la publicidad o por expectativas ajenas, incluso por la literatura o la música.

¿Es mi liberalidad sexual -la prueba entre una y otra cosa, la constante estimulación, etcétera- algo que necesito o ha sido una afirmación política en contra de la relación represiva que tuve con mis padres o mi cultura ancestral? ¿En qué medida es válido sostener acciones que en su momento tuvieron un sentido pero que ahora más bien parecen una carga? La vida poliamor probó su efectividad o inefectividad como parte de una revolución ideológica que quería probarlo todo, romperlo todo y quemarlo todo para que aflorara algo más verdadero. A mi parecer, hay una minoría seres humanos pueden vivir solos, sin pareja (pero los hay y hay que ser sincera consigo misma para descubrir qué es una en ese sentido); otra minoría que puede vivir con varias parejas, otro porcentaje que seguro puede enamorarse indistintamente de gente de cualquier identificación sexual. Pero quién soy yo y cómo soy feliz puede ser una afirmación política válida que me satisface íntimamente solo si así lo he descubierto; no porque es lo que se espera de mí; no porque es el opuesto de lo que vivieron mis padres (por ejemplo) cuya relación me causó problemas profundos que aún hoy debo resolver. Toda mi vida puede pasar por ese tamiz de auto cuestionamiento. En la medida en la que sea más frontal conmigo misma, más libre me voy a sentir. Sale a florecer el yo más brillante y sorprendente de lo que jamás una se haya podido imaginar.

 

Autor: Úrsula Carranza

Scroll al inicio