Ojos Verdes

Cuento corto en español por Úrsula Carranza Peñaranda

Belleza,

Hoy volví a salir tarde de casa. Ya sabes que me había decidido a no arreglar los desmanes que Juan deja por la noche, y aunque pongo el despertador justo media hora antes de salir, tiempo que me alcanza para bañarme, alistarme, prepararme el café y largarme, no puedo con mi genio y empiezo a ordenar. Tomará cinco minutos, me digo, me programo, y ya ves, me toma siempre más.

También te debo de haber contado que aunque me demore, si hay una feria del libro en la Plaza Fundadores, tengo que dar una mirada rápida a lo que hay antes de entrar a mi clase en La Casa de la Cultura. Te juro que nunca volveré a comprometerme con nada tan temprano. Hace cinco años, nomás, dar una clase a las 9 de la mañana estaba perfecto, y claro, siempre pensaba que empezarla a las 8 hubiese sido una mejor opción, pero ya sabes, si tienes alumnas con niños pequeños, tienen que dejarlos primero en la escuela; luego están los otros, los que no tienen horas fijas de trabajo o empiezan tarde, y para ellos llegar a las 9 es un esfuerzo muy grande. Pues ya no. Desde Juan, me acuesto como a la media noche, con suerte. En fin, esta carta no es sobre mi relación con Juan. Pasó que estando así, apurando la vista por las portadas de los puestos que sé que tienen la mejor literatura, me topé con un libro que no veía desde niña y que siempre quise leer porque, la primera vez que oí a mi profesora de literatura hispanoamericana mencionar el título, Los Ojos Verdes, de inmediato supe, así, lo supe en mi corazón, que tendría una hija con ojos como los míos. Esa fue la primera vez que pensé en ti, veintitantos años antes de que nacieras.

Compré el libro sin mirar lo que uno mira cuando compra un libro, más aún si es en una feria callejera; ni vi la edición ni si era de segunda ni si le faltaban hojas, nada. Ya luego de mi clase, en el bus camino al Fórum, me pude sentar y busqué el libro en mi cartera. Como pensaba dártelo, quería tratarlo con la mayor delicadeza posible. Me fijé que las esquinas de la tapa y la contratapa estuvieran contenidas entre mi agenda y mi Kindle. Lo tomé con cuidado para que no se dañara, porque obvio, el momento en el que se ajan las puntas es justo cuando uno saca el libro de la cartera o cuando lo vuelve a meter. Parecía nuevo. La portada verde oscuro leía en letras blancas más grandes que el título, Gustavo Adolfo Bécquer, como si el autor fuese más importante que su obra. ¿Sabes? Bécquer siempre me sonó a alemán aunque se escribe como una palabra en francés. Pasé las introducciones, la información sobre impresión, todo lo pasé porque me daban ansias de leer los poemas. ¡Pero no eran poemas! No sé por qué toda la vida pensé que era un poemario, hasta te juro que guardo en la memoria el día en el que la maestra nos regaló a todo el salón copias de algunos de los poemas que había en aquel libro. Mi memoria. Debo de haber mezclado días, clases, obras de Bécquer. Ojos Verdes es un cuento largo, lindo y triste, sobre un cazador que se enamora de un demonio que se le presenta hermosísimo, con forma de mujer de ojos verdes, en una fuente encantada. Algo dentro de mí recordó que de chica, yo quería ser esa mujer. Algo como un medio déja vu, o como la certeza de haber leído un texto que no puedes recordar para nada. Y pensé en el estilo antiguo, lleno de expresiones que te serán muy ajenas, yo qué sé. Supuse que no lo querrías leer. Ya no sé si enviártelo, o quizá sí, seguro veré de comprarte algún libro que sí te interese, para que no se te ocurra que te envío cosas que no tienen nada que ver contigo (pues crees que solo tienen que ver conmigo) y te los enviaré los dos. Así podrías, en algún momento, pasar la vista por las páginas, aunque nunca lo llegues a leer todo. Sólo para que lo sepas; que yo ya te pensaba antes de saber si quiera tu nombre.

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2001

La capitana se levantó muy temprano. No había logrado un sueño profundo en toda la noche. Su pecho estaba intranquilo. Vio cómo el halo de luz del poste al lado del árbol, un ficus que cubría por fuera casi toda la ventana, se abría paso en un agujero de la persiana y alumbraba el reloj en la mesa de noche de la abuela. Cinco con quince. Cuando la abuela se iba a dormir evitaba ese rayo de luz, pero ahora estaba boca arriba, haciendo ruidos de un ronquido agudo que resoplaba batallando desde el pecho, mucho más fuerte que el pequeño silbido que se le oía durante el día, aunque la capitana nunca supo de donde venía. Se le había ocurrido que le salía de la espalda, o de la axila, que era uno de esos trucos con el aire que hacía papá como tocar la flauta por diez minutos de un solo respiro, o decir las vocales en un solo eructo. Mamá roncaba en la camita de al lado. A la capitana le hubiese gustado más dormir en aquella cama desplegable de colchón delgado, pero mamá insistía en que no podía dormir tan cerca de la abuela. Volvió a ver cómo el halo de luz iluminaba sus arrugas, sus lunares, sus pecas grandes y pequeñas, los mechones de filamentos en blanco y negro, con bucles cortos a medio deshacer. Dormida, la abuela se parecía más a sus fotos de bebé. Había dos de ellas en una de las mesitas de la sala, una el día de su bautismo en brazos de una tía abuela que estaba muy viejita y otra con sus padres en una playa limeña, como en los años cuarenta, decía mamá. En Lima, tenían más fotos de la abuela de bebé. Cuando estaba despierta, se parecía más a como estaba en esas imágenes, por lo cachetoncita y regordeta. Las de su matrimonio y primera comunión, o en donde aparecía con sus hijos, con mamá por ejemplo, mostraban a una señora totalmente distinta. Delgada, con una cintura muy pequeña, de manicure y peinado como de estrella de cine. Pero ahora estaba mal, por eso la capitana y mamá habían llegado a León, para estar con ella. Mamá le decía, por eso no debes fumar, ¿entiendes? Sino terminas como la abuela. Yo no fumo, hago cosas saludables, no quiero terminar así, en la cama, con una enfermera cuidándome. Preferiría morirme; y la capitana la miraba y pensaba que ella tampoco quería que la cuiden de grande, que como mamá, prefería caminar y hacer todo lo que un ser humano puede hacer, hasta el día en que se muera, sin que nadie lo espere.

Se sentó. Miró a la izquierda; la puerta estaba cerrada, pero recordó haber visto que el día anterior, mamá había lavado y colgado ropa en un tendedero. Era un patio minúsculo donde entraba el sol precipitado, como si quisiera quemarte de todas formas. No estaba segura, pero creyó haber visto que la cocina, un cuarto ínfimo, también quedaba tras la puerta, justo antes del patiecito. Por lo demás, solo había un baño, la habitación de la abuela en donde había dormido también la enfermera en la cama donde ahora dormía mamá, y la sala, que tenía una ventana grande que daba a la calle. Mejor dicho, al ficus. Vio la ventana del cuarto, entreabierta por el calor; quedaba a unos cinco pasos del pie de la cama, su alféizar angosto estaba lleno de macetitas con plantas secas y daba a la ventana del departamento de en frente. La capitana nunca había dormido en un segundo piso, y le emocionaba saber que en la mañana volvería a bajar las escaleras de metal. Había contado diecisiete escalones, y en las dos escaleras siguientes, dieciséis escalones en cada una. No se atrevió a subir por la última escalera, en ele, la única de cemento, cuyos escalones finales estaban cubiertos tras un muro, pues los departamentos colindantes parecían estar abandonados. Cuando, aún en Lima, mamá le había dicho que irían a una vecindad, en la ciudad donde hacía años se había mudado la abuela, la capitana se emocionó muchísimo, saltó de alegría. Se imaginó que sería una vecindad tal cual la del Chavo del 8, con un barril grande y un lavabo compartido, y hasta pensó que tendría al Chavo, a Quico y a la Chilindrina de vecinos. Solo eso sabía de México. Eso, y que quedaba al Norte. Y que las tortas de jamón eran sándwiches de jamón. Pero la vecindad resultó ser una quinta, como hay muchas en Lima, con la diferencia de que los vecinos además de tener jardineras en el primer piso, casi todas llenas de geranios, también tenían macetitas con hierbas y flores en las ventanas de los segundos pisos. Recordó a papá decir que eso en Lima sería imposible. Un temblorcito de esos que hay tan seguido, y caerían sobre varias cabezas. 

Se puso de pie sobre la cama. Como era su costumbre, no quería poner un dedo en el piso porque se la podían comer los tiburones, así que caminó sobre todas las embarcaciones hasta llegar al buque de la marina, que se transformaba en submarino, un buque largo de color rojo que hacía las veces del sofá de tres cuerpos de la sala. Quiso encender la tele. Era una tele que hacía mucho ruido al ser encendida, y no sabía cómo hacer para no despertar a mamá, pero se arriesgó. Era más grande el peligro de aburrimiento, de seguir viendo las horas pasar oyendo los ronquidos, sentir que el mundo se levante, todo el mundo, toda la vecindad, que la gente despierte y desayune, que vaya al baño y salga a la calle; en todas partes vigilia menos en la habitación de la abuela. Tomó el control. Presionó el botón rojo, Power. De inmediato puso el botón de Mute. Justo había una película subtitulada en donde una niña de bucles rubios, vestida de blanco de una manera muy parecida a las fotos de la bisabuela, la abuela de papá, que todavía vivía en Perú, estaba frente a un hombre engominado, con terno negro; pasaban coches negros muy antiguos adornados con flores, y grupos de gente de negro, como en procesión. Leyó: pero debes llevarme. Es necesario, y es mi derecho. Ella era mi madre. Y si no me llevas ahora, quedará sobre tu conciencia el haberme impedido darle el último adiós.

La capitana había dejado la puerta entreabierta; saltó del susto cuando se abrió por completo y vio asomarse una bata blanca. Era la voz de mamá. Amor, por favor, ve a dormirte. La capitana bajó la vista. Vio el control remoto y volvió a presionar Power. Sin dirigirle la mirada, murmuró, es que no puedo dormir con la abuela. Mamá se acercó y la abrazó. No podía exigirle que hiciera lo que a ella misma le costaba un mundo realizar. Se tendió totalmente sobre el sofá, y atrajo a la capitana hacia su pecho. Así durmieron las dos, un par de troncos cansados, rendidos, quienes conciliaron el sueño profundo que desde hacía tres noches, desde su llegada a México, se les había negado. No notaron cuando, aún joven la mañana, la abuela había dejado de respirar.

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Me duele que tu hermana no haya venido contigo a León. No creas que no la entiendo. Sé que yo generé todo esto, pero era inevitable. No te gusta que te lo repita, lo sé. Lo sé, lo sé, lo sé, pero a pesar de que sentía que la relación con tu papá, y que Lima me aplastaban, aunque en mi corazón estoy segura de no haber tenido otra opción, otra parte de mí me dice que debí haberme sacrificado y quedarme con ustedes. No lo mencionaré más, perdóname.

A veces me dices que yo hablo mucho de mí. Es cierto. Pero toma en cuenta que en las llamadas telefónicas o en los mensajes de texto, yo soy quien escribe –y pregunta- el noventa y cinco por ciento de la conversación, no como cuando estamos juntas y a ti te da por contarme tu vida sin parar, lo cual agradezco. También me pediste que no te recuerde sobre lo lindo de tu niñez ni de tu hermana por carta, porque te pones mal. Entonces mis posibilidades de hablar de ti se reducen. Y te hago preguntas que no contestas. Por lo menos si recibes cartas siento que reconocerás, algún día, que te pienso, que siempre estás, ambas están, en mi corazón.

Quiero que le recuerdes que su pasaje a México es abierto, que espero que me visite. Que le escribiría a ella también pero, no sé si lo sabes, me devolvió las tres cartas que le envié hechas añicos en un envío rápido por DHL, y yo entiendo bien los mensajes; tanto los hablados como los hechos.

Belleza mía, espero estar yendo a visitarte pronto. Sé que piensas que estoy loca por haberme comprado un departamento a una cuadra de la vecindad solo para pasearme por ahí y torturarme. Pero no me torturo, no. No es que yo pase por ahí por tu abuela. Lo más querido de ella en mí pertenece a otros tiempos y otros lugares. Es porque te recuerdo a ti, a esos momentos que fueron exclusivos para ambas, porque tu papá y tu hermana estaban teniendo su momento en Lima, porque la abuela se había ido, y por unos meses relucientes, fuiste solo tú.

Como dato curioso, te cuento que al morir el dueño, la vecindad quedó abandonada. Ya no hay más flores, aunque fuera de eso, parece que siguiera habitada. La señora que sigue vendiendo cacahuates al frente me contó que pronto la harán un centro cultural. Por un lado me da gusto, por el otro, nostalgia. En fin, tampoco esta carta es sobre eso. Sólo debes saber que estás permanentemente en mí, y que no hay mayor felicidad que saber que te va bien, y que tú misma estás feliz. 

Ojalá te animes a escribirme. Te estaré llamando, como siempre, los domingos.

Cariños a tu padre, a tu hermana y a toda la familia.

Mamá.

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El día en que murió la abuela, mamá dejó a la capitana en la casa de la única vecina que conocía. La había vestido linda, con un traje azul a cuadros y cintas azules en el pelo. Los ojos de la capitana se veían también azules, como si su verde natural se mimetizara con cualquier cosa que llevara puesta. Ésa es una memoria que le pertenece a mamá. La capitana, en cambio, recordaba a mamá hablando por teléfono, casi en clave, los detalles del velorio y del funeral, como si hubiese asumido que la capitana no debería enterarse de lo sucedido.

La vecina dejó a la capitana viendo televisión, le dijo que ya volvía, y salió sin dejar con llave la puerta. La abuela había sido un recuerdo vago. Fue a Lima a conocer a la capitana cuando recién nació; luego habían venido todos a León, quizá el año pasado, cuando la hermana tenía como dos años; sabía decir su nombre, su dirección, por favor, gracias, halagar a algunas personas, y también cayajo, me equivoqué, lo cual hacía reír a papá y a sus amigos. Esa vez la abuela se empeñó en cocinar platos peruanos que a la capitana le causaban repulsión: una sopa a la minuta, cuyo nombre le sonaba a minutero de reloj, hecha a base de fideos cabello de ángel, leche y huevo; locro de zapallo, cocido también con choclo, que en León se llama elote, y algunas verduras. Nada de eso le gustaba y aunque trataba de engullir por el hambre, terminó vomitando casi cada vez. Esa era toda la memoria de la abuela, además de la contenida en las historias de mamá, en donde ella había sido el personaje hermoso y legendario de las fotos, no esta versión enferma y lejana de la bebé regordeta. Así que no entendió por qué sentía que tenía que verla. Abrió la puerta de la casa de la vecina, uno de los departamentos aledaños a la tercera escalera, una de aquellas con dieciséis escalones, arrancó un geranio blanco de la jardinera, y salió de la vecindad. Se puso a caminar en dirección contraria al Arco de la Calzada, todo derecho, por Hernández Álvarez, como había escuchado a mamá, hasta el final de la calle, en donde encontraría el cementerio. Estaba llegando recién a la primera esquina, cuando escuchó un grito agudo de sobresalto, luego una mano agarrándole muy fuerte el brazo. ¡Niña, por Dios, a dónde crees que vas? Sin bajarle la mirada, con esos ojos verdes que se veían también azules, la capitana le dijo con calma, pero muy firme a la vecina: pero debes llevarme. Es necesario, y es mi derecho. Ella era mi… abuela. Y si no me llevas ahora, quedará sobre tu conciencia el haberme impedido darle el último adiós.

Pasaron cinco meses, aunque para la capitana se sintieron como dos o tres años, o una década. Se hizo muy amiga de dos niños de su edad, César y Julio, mellizos que vivían en el departamento del segundo piso subiendo a la izquierda de la segunda escalera; quienes aprendieron que Perú era un país con montañas muy cerca del mar, en donde no se contestaba con un mande sino con un qué y donde había postres muy ricos que se llamaban picarones, suspiros y mazamorra morada. A pesar de jugar con los niños y de estar feliz por no ir al colegio y quedarse leyendo los cuentos que le había regalado mamá, jugar a que era la capitana de un barco pirata o ver muchas películas por la tele, tenía un hueco. A veces en el estómago, a veces en el pecho. Un dolor parecido al hambre. Recordó a su hermana cuando nació. Había estado practicando cómo cargarla con una de sus muñecas que parecía un bebé de verdad. Cuando fue a ver a mamá al hospital y a conocer a su hermana, sintió un lleno, un pálpito rebosante. Dormía. La cargó, mamá cuidaba, pero le estaba dejando cargar a su hermana. Sentía que podía hacerlo, que era fuerte, que la protegería y le enseñaría todo, todo lo que se le podía enseñar a una hermana menor. En eso, la bebé abrió los ojos, sonrió. La capitana también sonrió, y pensó, sus ojos son como los míos, es mía. Mamá veía cómo la capitana había dejado de crecer. Estaba adelgazando. Aunque no lo decía, en las llamadas a Perú se notaba la necesidad que sentía de volver a ver a papá, y sobre todo, de estar con su hermana. Cuando la capitana recibió la noticia de que volvería a Lima, supo que mamá se iba a quedar en la vecindad. Le contestó que estaba bien, que ella siempre había querido viajar sola en avión, y que se lo iba a decir a sus amigos César y Julio. ¿Está bien si salgo a jugar? Mamá asintió. La capitana se subió por los muebles, es decir, por las embarcaciones, por primera vez delante de mamá, hasta llegar a la mesita junto a la puerta, desde donde saltó hacia el pasadizo y de ahí dio brinquitos hasta el primer escalón. Contó diecisiete. Buscó a los mellizos; estaban sentados al fondo, al pie de la escalera de cemento; los llamó y cuando llegaron corriendo hacia ella, les dijo, ¿a qué no saben qué? Acabo de pisar todos los muebles de la sala y mamá no me dijo nada.

Cuento corto en español por Úrsula Carranza Peñaranda

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