Organización, al fin! Cuatro lecciones para lograr una organización efectiva

Hasta hace unas semanas, no podía creer cómo viviendo en Perú, en estos días de cuarentena, seguía sin alcanzarme el tiempo.

Con el perdón de mis compañeros de trabajo y todos quienes nos hemos quedado sin actividades laborales remuneradas, la verdad es que yo, como muchas personas, secretamente deseaba vacaciones largas y urgentes.

Vamos a contextualizar.

El gobierno del Perú, debido a que no se sentía infraestructuralmente preparado en el sector salud para enfrentar a la pandemia, decidió, con mucho buen juicio, decretar un estado de emergencia cuyo objetivo principal fuese un estricto y necesario distanciamiento social. Todas las actividades públicas fueron suspendidas por tiempo indefinido de manera oficial. Instituciones educativas, restaurantes, hoteles, gimnasios, bibliotecas, museos y casi cualquier establecimiento que no sea un dispensador de productos básicos para la alimentación o farmacias, dejaron de operar hasta que el Gobierno considere que pasó el mayor peligro.

Sin embargo, el sector del arte, al que pertenezco, sí recibió una fecha definitiva de reinicio de operaciones: la primera semana de enero de 2021.

Eso me dejaba con ocho meses de cero actividad laboral. Teatros, cines, actividades circenses, musicales y demás, un gran sector del rubro artístico, el performático, quedó en un estado de replanteamiento virtual de su vida.

[Para la publicación del artículo, el Gobierno de Perú ya había dado fecha definitiva de reinicio de labores bajo restricciones a diferentes sectores]

 

 

Mi vida antes de la cuarentena era bastante buena

 

Mi vida antes de la cuarentena era bastante buena: soy (era) directora artística y performer de un restaurante maravilloso en Lima, La Mariposario, en donde presentamos shows aéreos y de danza contemporánea que fusiona elementos del folklore local; tengo dos hijos, uno de 20 años en Estados Unidos, y una de 17 que está en su último año de secundaria, quien vive aquí, en Lima, con su papá. Yo vivo con mi marido, un gestor cultural quien es además un gran director de danza contemporánea. Tenemos una vida hermosa. Sin embargo, con todo lo lindo que hay, llegaba a mi casa cada día a las once y media de la noche después de hacer performance y pensaba, no tengo tiempo para hacer las otras cosas que quiero. No tengo tiempo y estoy cansada.

No tengo tiempo y estoy cansada.

Algo dentro de mí decía, no flaca, sí tienes tiempo. Lo que pasa es que hace diez años que sientes que tienes que organizarte y no lo logras.

Es decir, había un orden básico en mi vida. Levantarme todos los días a la misma hora a meditar, dar clase de yoga, regresar, preparar el desayuno para José y para mí, entre una y dos horas de preparación física funcional, como hora y media en redes, tareas de la casa, bañarme y alistarme para ir a trabajar. Los fines de semana, igual. Soy performer, es decir, el mundo nos exige trabajar los fines de semana, también.

 

Ahora viene lo interesante. He pintado mi situación pre-cuarentena: trabajo, pareja, administración de la casa, tiempo para la familia. Lo que no he contado es que cada semana necesitaba fisioterapia y una sesión obligada de acupuntura para no caer de las vaporosas telas aéreas al suelo.

 

Así de terriblemente necesitaba descansar.

 

 

No tengo tiempo

¿Por qué no lo hacía? ¿Por qué piensas que no haces algo que quieres o sientes que necesitas? Pues, por lo mismo que tú, yo pensaba, creía, que no podía. Sentía, no tengo tiempo. Quiero escribir, tengo proyectos pendientes, y no tengo tiempo. Sin embargo, no tan en el fondo sabía que no necesitaba más horas en el día sino organizarme eficientemente.

Hacía tiempo que quería volver a la vida académica, necesitaba estudiar, investigar, ir a clases, oler los libros en los estantes, ir a sacar fotocopias, sentarme en una cafetería con gente que perteneciera a ese, mi otro ámbito, fuera del restaurante, fuera del espacio escénico, el ámbito de las humanidades, de los pensadores de la ética, de mejorar las condiciones de participación ciudadana, etcétera. Así que, a pesar de no tener tiempo, entré a un post grado.

Cuando la maestría empezaba, también empezó la cuarentena. Fue durante la segunda quincena de marzo. Tuve que dejar de hacer ejercicio. La cantidad de lecturas que nos habían enviado más los trabajos escritos que había que elaborar sobrepasaron mis expectativas iniciales de dedicar una hora de lectura diaria a cada curso. Son solo tres cursos. ¿Qué tan complejo podría ser estudiar una maestría y seguir con mi vida normal?

Después de tres semanas en las que cumplí con la maestría y, como pude -no muy bien- con los desayunos y almuerzos, yo no había tocado fondo. No me iluminé. Nada. Me eché sobre la cama panza arriba estando segurísima de que algo estaba haciendo mal. Hasta que vino la presión externa. José se acerca y me dice, amor, con el grupo (su grupo de danza contemporánea, Crudo Movimiento) estamos quedando en entrenar de lunes a viernes a las ocho de la mañana y a las ocho de la noche. ¿Por qué me lo informó? Porque vivimos en un departamento que, aunque tiene una zona respetable para hacer yoga y tener ensayos de danza con equipo mínimo, es solo una zona. Eso implica que, si alguien tiene ahí una actividad en línea, el otro no puede usar ese espacio en ese momento.

Le dije, perfecto. Haremos un horario para organizarnos.

Mientras José retornaba a su reunión por Zoom, me mantuve boca arriba sobre la cama. Recordé todo lo que había fallado en mi vida al intentar organizarme. También recordé un capítulo de Seinfeld, The Opossit, en el que George Costanza, un tipo mediocre al que todo en la vida le fallaba, decide hacer lo opuesto de lo que por naturaleza decidiría. Al ponerlo en práctica, su vida cambia; logra ser exitoso. No soy George Costanza y sin embargo me pareció una gran idea no repetir lo que por estadística histórica no funciona. En resumen, dejé de poner en práctica las reglas que pensaba que debía seguir para organizarme. En lugar de eso, pensé en lo mínimo que podía hacer para lograrlo.

 

 

Confecciono mi organización: los tres (en realidad cuatro) secretos para armar un horario

 

Lección número 1: Ursu, no atiborres tus horas. 

En el pasado, había en mí un germen de franco horror al vacío. Mi primera táctica, me parece que era la única buena en realidad, es la que he seguido aplicando a lo largo de la vida y que me permite constatar que mal que bien, sigo un horario básico, aunque deficiente. Implica poner las horas de trabajo; actividades del hogar; desplazamiento por la ciudad; horas dedicadas a la familia.

Hasta ahí todo excelente. Pero digamos, quiero también entrenar.

Entonces me decía, ya, mínimo, tengo que entrenar dos horas al día. Llenaba dos cuadros de horas libres que tenía seis días a la semana. Miraba luego cómo iba quedando el horario, y con ligero nerviosismo, borraba el entrenamiento de los sábados. No, claro, los sábados no voy a entrenar porque los viernes en la noche siempre perdemos 40 minutos buscando algo en Netflix, finalmente lo vemos, comemos pizza, tomamos un vino.

Es imposible abrir los ojos el sábado y no querer tomarte las cosas con calma. Muy contenta con mi sensatez, me sentía con la confianza de poner algo más en el horario. Me decía a mí misma: bueno, también quiero leer. Una de las ventajas del transporte público, es que siempre puedes leer, en especial si el trayecto es relativamente largo. Pero quería, ya sabes, preparar mi cafecito, poner por ahí un platito con galletitas o con fruta picada para ir mordisqueando mientras leo las noticias del día, o la última novela de Elizabeth Gilbert o Chimamanda Ngozi Adichie, a quienes amo. Creo que es necesario un ritual especial para acercarte al arte que vale la pena. Es decir, si cabe en tu horario. Sino, creo que ni Elizabeth ni Chimamanda se molestarán porque las estés leyendo en bus o en el uber. Les importa que lo que te dicen te cale hondo. En fin, una hora diaria de lectura. Y ahí se acabó mi tiempo. No había logrado un espacio para ninguno de mis proyectos de novela. Había logrado, con esfuerzo, concluir mi primera novela en agosto del año pasado, con mucho apoyo de José, pero desde que eso sucedió no había resuelto terminar ningún cuento, ningún poema, ningún ensayo. Nunca parecía tener tiempo.

 

No atiborres todas tus horas diarias

Como ves, mis horarios me costaban mucho esfuerzo. Todas las horas estaban llenas, me cansaba solo de verlos, los hacía con mucha voluntad por dos días; al tercero empezaba todo a fallar. Debería enmarcarlos. Son tan lindos, llenos de líneas de colores. Todos, como siempre, retratos hechos al estilo pre inca del horror al vacío. Imposibles.

Ahí fue que me dije, voy a hacer una regla número uno que sea lo opuesto del horror al vacío. La repito: no atiborres todas tus horas diarias. No es realista para alguien como yo que no tiene una disciplina militar por naturaleza. Para poder continuar con la organización efectiva necesitaba complementar mi primera regla con otra; esta es:

 

 

Lección 2: debes tener varias horas libres al día, y varias horas libres más el fin de semana.

 

Esto viene de alguien que vivía como si tuviese el tiempo justo para cumplir tanto con las lecturas como con los trabajos; dormía poco, no estaba haciendo ejercicio, y cumplía con deficiencia parte de las labores que le tocaba hacer en la casa. ¿Cómo iba a tener tiempo de hacerlo TODO y además tener horas libres?

 

Noté que tenía que poner en valor cada cosa que debía estar en mi vida. Así que incorporé como un valor las ventajas de lograr horas libres. Esto implicaba un cambio de perspectiva: Ursu, tienes horas libres cuando tú misma te das cuenta de que mereces esas horas libres. Los griegos de la antigüedad clásica consideraban que los momentos de ocio eran necesarios para, parafraseándolos, ser un mejor ser humano, para crecer en espíritu. El negocio, para ellos, era casi un sin sentido. En todo caso, si tenías un negocio -la negación del ocio- necesitabas de todas formas tus momentos de ocio. Sino, ¿cómo pensabas volverte un ser humano sabio? Es decir, si tu fin no era ser sabio, como ser humano no valías la pena.

Yo quiero ser sabia. Pero, además, me merezco descansar. Me merezco no hacer nada. Al hacer el horario me di cuenta de que yo, Úrsula Carranza Peñaranda, directora de danza aérea y actual estudiante de una maestría en filosofía, nunca paraba. Solo paraba par dormir. Porque, por favor, ver Netflix es una distracción, las redes, a menos que estés trabajando mediante ellas o comunicándote con tus seres queridos, son una distracción. La distracción no es ocio. Es algo que puede absorber tu energía en mayor o menor grado. Yo me distraía cada vez que podía: sentada en el inodoro, cada vez que llegaba a mi cuarto, al terminar de meditar, al terminar de desayunar… Todo el día seguía a otros artistas, veía entrenamiento interesante pero innecesario porque era imposible que los fuese a realizar todos, etcétera. En la noche, ya en la cama, en vez de dormirme a las doce los días de performance nocturna, me dormía a la una o dos porque me quedaba distrayéndome con noticias, videos, películas, lecturas, lo que fuere.

Según cómo te valgas de las redes, te pueden ayudar o pueden drenar mucho tu energía. Así que decidí usar más sabiamente mi tiempo en redes y reducirlo al mínimo indispensable. En mi horario puse: días (ya no horas) para usar redes. Salvo por la conexión con mis hijos (a ella le gusta el contacto por whatsapp y a él por Instagram), en general me dedico a investigar, contestar mensajes o contactar seres queridos solo una hora el sábado y cuarenta minutos el domingo, pero, además, trato de no ocupar todo ese rato designado. Me he propuesto ser eficiente con el uso de ese tiempo.

Una vez logrado el tema de las horas libres que podía tener, porque me las merezco, porque constituyen una necesidad fundamental, continué con el uso del espacio.

Tendría que intercalar horas de entrenamiento con José, ya no iba a entrenar dos horas todos los días, como pretendí en el pasado. Durante la cuarentena, aunque mi ritmo físico no sea el mismo, tengo una carga académica sustancial. Así que decidí, ¿qué es lo mínimo diario que puedo hacer para sentir que he aprovechado mi día físicamente? De ahí, si tengo tiempo y fuerzas, quizá tome una hora libre y haga una hora más de lo que sea. Así que decidí mi tercera regla para crear mi horario realista:

 

 

Lección 3: solo pon el tiempo mínimo indispensable.

 

El tiempo mínimo indispensable es algo que tengo que cumplir a diario, tanto con las lecturas para la maestría como con mis entrenamientos. Si veo que tengo más energía, quizá tome otras horas libres. Pero el tiempo mínimo indispensable, además, me deja tiempo para realizar lo que yo tanto quería, aunque me quejaba de no poder hacer: mi proyecto personal.

Un día, Elizabeth Gilbert me dio la respuesta: en un video muy ilustrativo en Instagram, reveló que solo se dedica una hora al día a escribir. En esa hora, ella apaga el celular, no se conecta a internet, no se pone de pie para comer ni hacer nada. Si no tiene nada que escribir, pues se sienta ahí hasta que salga algo. Pero es una hora. Es el momento sagrado, inamovible que tiene que cumplir diariamente para sacar adelante su propio proyecto. Cuando vi mi horario, constaté con alegría, que yo también disponía de una hora diaria para mi proyecto…. Y aún me quedaban horas libres.

Entonces, ¿qué me había pasado? ¿Por qué antes no había logrado organizarme? Llevo ya varias semanas de cuarentena cumpliendo el horario religiosamente, salvo quizá uno o dos viernes que me tocó a mí salir a comprar, pero pude reemplazar por horas de sábado, porque claro, los sábados los tengo casi totalmente libres… excepto por mi proyecto. Eso que tanto quería hacer, es lo único a lo cual me dedico a diario. Soy yo.

No sé por qué antes no tenía las fuerzas de realizar lo que yo soy, lo que tanto quería. Pero sin duda, hacer lo que yo tenía tanta necesidad de hacer desde el corazón es lo que mantiene mi vida en orden. 

Ésa es, ¡qué duda me puede caber ahora!, la cuarta y más importante lección para organizarme:

 

Lección 4: Ursu, debes hacer tu proyecto personal

¿Por qué? Porque, repito, eres tú. Es sólo ahí, en ti misma, en el fin por el cual estás en este mundo en este momento, en donde encontrarás el combustible para organizarte; es ahí en donde está tu verdadero sentido.

Sobre el autor:  Úrsula Carranza Peñaranda. Bachiller en Humanidades con mención en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú y egresada de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya de la carrera de Filosofía. Con más de 30 años de experiencia como deportista, de los cuales, 15  años  como entrenadora de acrobacia e instructora de Hatha Yoga desde 2017 a la fecha. Conoce más sobre Úrsula en nuestro directorio

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