Panqueques de Chocolate

Ese día me levanté con una frase en el corazón. No entendía qué, pero algo luminoso pasaría. Una de esas mañanas en las que estaba lloviznando en Lima y la neblina era densa, bajaba cubriendo casi por completo las copas de los árboles, pero yo no podía verla de otra manera que luminosa. No, no es que me moleste la neblina, me encanta, me siento como en un cuento de bosque encantado, pero había un no sé qué especial que hacía que todo brille.

Resolana, piensas, seguramente. No, pues, era algo más.

Me miré al espejo, me sentía renovada, mi piel turgente me parecía más linda que la piel plagada de acné que tuve durante mi adolescencia, y la piel pálida y falta de vida que me caracterizó las dos décadas posteriores antes de empezar a comer orgánico. Decidí desayunar fuera. Necesitaba respirar del departamento, ver gente, quizá, pero más que nada, inhalar un aire más ligero, aunque fuese mediante la mascarilla. Por primera vez desde que vivo aquí, no fui por el ascensor, sino por la escalera. Estaba entrando al mundo desconocido por el que, ahora lo podía ver, transitaba la gente saludable de mi edificio. ¿Quizá estoy empezando a ser más saludable? Al llegar a la recepción, vi que se había hecho un poco de barro en la loza de entrada. Ver las pisadas lodosas que se van secando en su camino hacia el ascensor, siempre me provocaba asco, y algo de frustración y enojo con el personal del edificio que debería de tomarse el asunto de la limpieza con más profesionalismo. El mantenimiento no es nada barato, te cuento. Pero esa imagen de las pisadas lodosas envueltas en un trapo gris oscuro casi arrimado hacia la mampara de entrada, en ese momento no me provocaron ningún sentimiento negativo. Algo estaba ocurriéndome.

Salí a caminar sin mi celular. Tenía la idea de que no quería estar conectada de esa manera. Era una de mis primeras salidas de paseo después de la cuarentena, todo me parecía viejo/nuevo, no sé si has sentido eso alguna vez. Caminé desde mi casa en Jesús María, casi treinta minutos, con mucha paciencia y disfrutando de cada pisada, hacia un cafecito al que iba regularmente en San Isidro, por Conquistadores. Al llegar, me di con el primer plantaso del día: solo estaban atendiendo para llevar, y yo realmente quería sentarme un rato a hacer nada. Es raro, pues, cuando amaneces así, y todo brilla, y todo fluye, que de pronto un deseo para el que te habías programado con fe y buena onda no suceda.

Sin embargo, me dije, esto es por algo.

Y fue en ese momento que ella cruzó la esquina. 

Magdalena

Se dirigía a la acera contraria, una chica de piel canela oscura, cabello ondulado color naranja, con un abrigo verde limón hermoso, mascarilla de arcoiris, y botas rojas altas con suela de goma. Sé que suena estrambótico, pero no, se veía genial. Caminaba tranquila, sin prisa, así que la seguí, en un impulso. Mientras caminaba unos metros tras ella, estuve pensando que seguro no iría a su trabajo ni a estudiar, y si se encontraba con alguien, quizá podría seguirles hasta algún lugar tan genial como ella. Se detuvo en un kiosko de periódicos y compró una edición en castellano de The Scientist. Vi que sacó un billete de cien para pagarla. Como yo no tenía tiempo de hacer muchas transacciones para no perderla de vista, me acerqué al kiosko ya con los cien en la mano mientras seguía con la vista su abrigo verde limón bailar vaporoso con el viento; saludé al vendedor como si fuera mi compa, e hice un pedido abrupto por The Scientist en español.

Acabo de vender el último número. Creo que vio mi cara de terror, y añadió, tengo en inglés, si quiere.

Le dije, bueno, y pensé que era momento de practicar mi inglés profesional. El señor se demoró la vida, tenía las revistas en inglés en una caja muy cerrada al costado de su asiento. Le decía, lo más amablemente que podía -porque la irritabilidad, en circunstancias como ésta, solo tiene el efecto de que se demoren más en atenderte- que se apurase, que estaba ya un poquito tarde para una cita, mientras él iba sacando varias copias de The National Geographic (no sabía que todavía las vendían impresas), dos copias gruesas de la última edición de GQ (eso sí no me sorprendió), y yo, entrando en un pánico que no me podía explicar a mí misma, continuaba diciéndole, me ayudaría much… y entonces, la vi, un ejemplar maravilloso del último número de The Scientist. ¡Mil gracias! Le dije, mientras él envolvía, con una lentitud que acuso de deliberada, las revistas que había sacado de vuelta a su caja. Al cerrarla, todo cambió; me entregó la revista embolsada, rociada perfectamente con alcohol, acompañada del vuelto también húmedo de desinfectante, con la maestría de alguien que suele vender periódicos a gente apurada. Logré ver que la pelianaranjada de rulos y abrigo verde limón se había detenido en una luz roja. Había avanzado ya una cuadra con ese paso lento, pero como luego comprobé, de zancadas largas. Me metí el vuelto sin contarlo -hasta hoy no sé cuánto me costó esta revista- al bolsillo delantero del pantalón, y corrí sin pensarlo hasta alcanzarla, justo cuando el semáforo dio verde. Parecía un perrito jadeante, juro que no corría tan rápido desde que terminó el colegio. Con el aliento en las orejas y el corazón en la garganta, pensé, ¿en serio estoy haciendo esto por un lugar lindo donde tomar desayuno o de repente me he vuelto una lesbiana platónica? Al ponerse verde el semáforo, yo aún estaba a unos metros tanto de ella como de todos los otros peatones, jadeando demasiado. La mascarilla se me metía por las fosas nasales (no sé cómo hace esa gente que corre con la mascarilla puesta, era demasiado incómodo). Rulos volteó a verme. En vez de cruzar la pista con el resto de gente, se agachó un poco a la altura de mi vista – yo estaba doblada en dos, con la mano en el bazo; sentía que me iba a reventar-, me preguntó si estaba bien. Le vi la cara, bueno, los ojos, por primera vez. ¿Magdalena?, exclamé al reconocerla. Frunció un poquito el ceño y ladeó la cabeza hacia la derecha como intentando recordarme. Con la mano que no estaba evitando que el bazo se saliera de su sitio, me bajé la mascarilla y jadeé, ¡soy Úrsula, del colegio! Magdalena abrió los ojos el doble de grandes de lo que ya son, también se bajó la mascarilla, y ante la cara de desaprobación de algunos enmascarillados, nos abrazamos saltando, dando vueltas, como cuando estábamos en la primaria.

No me había equivocado. Unos minutos después, estábamos sentadas en un café que nunca había visto antes, nuevo, con vista a una parte no muy transitada del Olivar. En el camino desde aquel semáforo de Conquistadores hasta este café camuflado entre la recepción de un hotel y el parque, nos hicimos algunos comentarios de actualización de información. Datos que sabríamos si Magdalena no hubiera regresado a Chincha y cambiarse de colegio. Al acercarse una chica con una Tablet dispuesta a tomar nuestra orden, las dos dijimos a la vez té de menta. De inmediato ambas abrimos los ojos para vernos. Terminamos de hacer el pedido, y ella me preguntó, ¿siempre tomas té de menta? Le dije, no, es mi primera vez… ¡La mía también!, me dijo, y luego empezó a decir, me encanta… y yo concluí, probar cosas nuevas… ¡A mí también!

Nunca hablamos de nuestra separación. Ambas vivíamos en La Victoria, y su casa quedaba solo a media cuadra de la mía. Sin embargo, no íbamos a ningún colegio del barrio, sino al Raimondi que estaba en Santa Beatriz, cerca a lo que hoy es el Circuito Mágico de las Aguas, un colegio que quedaba en el castillo que ahora es la sede del Instituto Italiano de Cultura. Nuestros padres, que ganaban poco, habían decidido cada uno apostar por la educación de sus hijas únicas. Eso también nos unía, nos habíamos hecho hermanas de cariño. No nos dejaban salir de casa, nunca nos habríamos conocido como vecinas, si no fuera porque, desde el primer día en inicial, nos sentamos una al lado de la otra y hubo conexión instantánea. Sólo cuando recibí su tarjeta de cumpleaños, mi mamá cayó en cuenta que éramos vecinas.

Cuando estábamos en quinto grado de primaria, su mamá murió. Nunca la vi enferma, aunque mi mamá me dijo que sí había notado alguna diferencia en ella, la evitaba cortésmente y ya no se la encontraba en el mercado ni en ningún otro lugar. Durante la semana que le siguió a la tarde de la muerte de su mamá, Magdalena se quedó conmigo y mi familia mientras su papá hacía los trámites correspondientes: sepelio, reunión en velatorio, sucesión intestada de la difunta, historia clínica para poder cerrar sus dos cuentas bancarias, etcétera, todo ese proceso que parece destinado a distraerte del dolor inevitable de la muerte, algo que lo saben las personas mayores, algo que no cuentan en las películas. Todo eso lo supimos nosotras por las conversaciones entre nuestros padres. En alguna oportunidad, a mitad de semana, después del colegio, nos sentimos importantes porque nos pidieron hacer algunas averiguaciones, pues mis padres tenían que salir y luego no habría tiempo. Fue difícil porque éramos un par de niñas de quinto grado, pero hicimos lo mejor que pudimos nuestras voces de adultas, y logramos obtener la información que nos pedían.

Su papá enfermó al poco tiempo. Ya estábamos en las vacaciones de verano, para entrar al sexto grado. Un buen día llegó la abuela de Magdalena a encargarse de ella y cuidar del papá. Pasaron sólo unos días más, y un día de calor elevado, uno de esos años en los que teníamos El Niño, decidieron que lo mejor era regresar a Chincha. Me lo contó mi mamá. Yo sentía un nudo en la garganta, sólo intuía algo muy triste.

La abuela de Magdalena no tenía teléfono; quedamos en escribirnos, pero por alguna razón, nunca me llegaron a dar la dirección. En mayo, cuando ya habíamos avanzado bastante el primer semestre del sexto grado, un compañero de trabajo de mi papá que conocía a la familia de Magdalena, pues también él era de Chincha, le contó que su papá había fallecido a principios de abril.

Recuerdo que todos los días pensaba en ella. No sabía cómo estaba. Las últimas veces que nos habíamos visto, ella estaba a veces normal, a veces llorando, pero siempre que me veía, nos olvidábamos de todo y hacíamos lo de siempre, lo que sea que eso fuese: armar historietas en donde ella dibujaba los recuadros y yo escribía los textos, escuchar los discos de su papá de los Rolling Stones y los de su mamá de Ella Fitzgerald, sin pedir permiso de nadie, porque en verdad ya no había nadie a quién pedirle permiso, aunque no habíamos notado ese detalle; solo nos alegrábamos por las puertas abiertas en las posibilidades que teníamos de ser. Nos preparábamos sándwiches locos: pan francés con cebolla y limón; otro día, pan de molde con azúcar blanca; otro día, pan de yema con los primeros huevos fritos que hicimos en la vida; luego, pan francés con ají.

Pensé en Magdalena todos los días hasta que acabé la secundaria. Ese año, el Raimondi puso su primera piedra en La Molina. Tuve el pensamiento loco de que, si el colegio ya no estaba en el mismo lugar, ella no sabría encontrarlo, y nos perderíamos para siempre. Nos acabábamos de mudar a Corpac, así que, si ella iba a buscarme alguna vez a nuestra calle de La Victoria, no me encontraría. Eran, pues, momentos en los que no existían ni las redes sociales ni el internet. Creo que para poder seguir adelante con mi vida, al entrar en la universidad, decidí dejarla ir.

panqueques de chocolate

¿Te acuerdas de esa vez que preparamos los panqueques de chocolate?

Me mira sonriendo. Magdalena podría ser una modelo internacional. Se parece a Naomi Campbell pero más hermosa todavía. Tiene los ojos verde limón, la piel oscura, casi como el chocolate, la sonrisa perfecta, rulos iluminados de color naranja; parece un ser alado, un avatar, una princesa de un planeta lejano, una elfa sagrada. ¡Sí! ¡Qué tal experimento!

Yo había visto a mi prima Pía, diez años mayor que yo, venir a visitarnos con su mamá, la tía Inés, y hacer unos panqueques. Me pidió que la ayudase así que memoricé bien todo el proceso: una taza de harina preparada, un huevo, una taza de leche fresca, batir todo, y cuando se obtiene una sustancia pareja, de fríen porciones redondas bien delineadas con un poquitín de mantequilla. Aquella vez, servimos con lo que había; más mantequilla, y mermelada de fresa. El día de los panqueques de chocolate no había huevo, así que los hicimos con Milo y le añadimos más leche. Nos salieron espectaculares y los servimos con miel. Ahora, ambas nos inclinamos a comer comida orgánica, y nos reíamos de la tontería de pensar que al comer Milo estábamos comiendo saludable.

¿Qué te parece si este fin de semana te invito a ver películas y preparamos panqueques de chocolate veggie orgánicos?

Fue muy chistoso. Lo primero que pensé fue en los nuevos ingredientes que llevaría a la casa de Magdalena: una taza de harina integral orgánica, una taza de leche de avena, dos cucharadas soperas de cacao orgánico; ghee para freír, y miel cruda de abeja para servir sobre los panqueques recién hechos. Solo después, en la noche, cuando iba caminando a mi casa, me di cuenta de que había recuperado a mi hermana.

Autor: Úrsula Carranza. Conoce más sobre Úrsula en nuestro directorio.

Scroll al inicio